sábado, 22 de octubre de 2011

Apenas dormí esa noche, pensando que a la mañana siguiente subiría en aquel avión, para dar y recibir esos abrazos que llevaba esperando todo un año. Para respirar la brisa de la playa, para acostarme a las doce de la noche y levantarme a las cinco de la mañana, y que no me importe hacerlo. Para volver a cantar a voces. En el tren, en clase, en la calle, en un restaurante o en cualquier parte. Para llorar de felicidad y reírme hasta que me duela el estómago. Para olvidar todo y ser feliz. Para ser yo y que ni a mi ni a nadie le importe.

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